El Mercado Municipal Antiguo

sábado 25 abril, 2026

Durante el periodo Clásico Tardío, o tal vez antes, en lo que hoy es el centro de Tizimín existieron construcciones mayas. La primera se ubicaba en lo que actualmente es el Parque Juárez; la segunda, donde hoy se encuentra el convento y sus alrededores; y la tercera, en el lugar donde actualmente está la parroquia de los Reyes, nombrada recientemente santuario de la arquidiócesis, dedicada a los tres Santos Reyes: Gaspar, Melchor y Baltazar.

En 1543 se fundó Tizimín, lugar al que los españoles llamaron TEZIMIN. El primer encomendero fue don Sebastián de Burgos Canzino, nombrado en 1549. En ese entonces se rendía culto a las deidades YUUM IK’, YUUM CHAC y YUUM K’AAX, y esta región pertenecía al cacicazgo de los Cupules. Los primeros en llegar fueron los frailes franciscanos, quienes se dedicaron a enseñar a los nativos la nueva religión cristiana. Este fue el inicio de la evangelización, así como de la enseñanza de las matemáticas, el idioma español (hablado y escrito), la agricultura, la talla en madera y piedra, y la lectura de la Biblia.

El terreno que circundaba los edificios mayas fue ocupado poco a poco por los frailes y las autoridades españolas. Fue durante los tres primeros días del mes de marzo cuando se decidió la construcción del convento franciscano.

El terreno que le correspondía abarcaba lo que actualmente son la calle 48 al oriente, la calle 49 y los terrenos conocidos hoy como “El Callejón”, además de casas habitacionales que incluían las calles 50 y 51 por 48. En esta zona se encuentra la iglesia parroquial y su atrio, que formaba parte de la misma (la actual explanada). Las casas ubicadas al norte de la iglesia, donde hoy hay una universidad, un banco, un cajero automático y una tienda de ropa, fueron vendidas por las autoridades después de la Ley de Reforma de 1857.

La actual explanada sirvió en su momento para capillas abiertas. En el año de 1900, un distinguido tizimileño que trabajaba como administrador en la hacienda “El Cuyo” decidió costear la construcción del mercado municipal, hecho de madera de cedro y zapote, con láminas de aluminio y con diseños inspirados en otros lugares que visitaba. Este mercado se inauguró en 1902, financiado por don Clemente Gutiérrez Zaldívar y su esposa doña Margarita. El donante pensó que el edificio duraría, a lo mucho, 25 años; sin embargo, este histórico mercado se mantuvo en pie hasta 1968, alcanzando una duración de 66 años.

En este lugar se vendía carne de puerco, res, venado, conejos en pib, jaleb, armadillos, además de verduras y frutas en general. En su interior también había tiendas de abarrotes.

En el fondo, a la izquierda del mercado, el señor William Canto Aranda tuvo una tienda de abarrotes. Posteriormente fue ocupada por don Rufino Vivas y más tarde adquirida por don Pedro Vivas. Entre los carniceros de res se encontraban don Julián Medina, don Arcadio Cauich, don Silvestre López, don Félix López, don José Yam Escamilla (ayudante) y don Demetrio Osorio.

Entre los vendedores de carne de puerco estaban Chel Mena, don Margarito Fuentes y don Gilberto Coronado.

A espaldas del mercado, en el pasillo del convento, se vendía pescado por don José Isabel Novelo, don Raúl González y González, conocido como “El Popular Caimán”. Junto a la reja de entrada de lo que hoy es el estacionamiento, pegado a la pared, se construyó un pozo artesiano que abastecía de agua para lavar el interior del mercado y sus alrededores.

En la calle 51, a unos cuatro metros del convento y en la parte sur del mercado, existió una cantina llamada “El Clarín”, propiedad de don Óscar Sosa Cruz. En la misma dirección hubo una frutería de don Masito Cámara, donde se vendían frutas de temporada y, en fechas como Navidad, Año Nuevo y Día de Reyes, se ofrecían uvas, peras, manzanas, nueces y otros productos, así como piñatas.

Cruzando la entrada sur del mercado hubo una lencería y una cantina propiedad de don Tufik Charruf. Años después, ese espacio fue vendido a don Chafik Metri, quien comercializaba telas, cierres, botones y otros artículos, permaneciendo en el lugar hasta 1968.

Los que se encargaban de la venta de verdura en el interior fueron Don Juan Gongora, Don Ricardo Gongora Cupul, Doña Mireya Manrique, Don Pedro Gómez y también se traían verdura de Sucopo que cultivaban las familias King.

En el interior del mercado no había panadería, si embargo, un panadero llegaba todos los días y traía uno o dos globos de lamina llenos de pan dulce y pan francés caliente. Como costumbre para ir al mercado tenia que ser a partir de las 5 o 5:30 de la mañana y era el momento de escuchar el sonido de las campanas para asistir a misa, ¡como han cambiado las cosas! Él que llegaba a las 8 o 9 de la mañana lo mas seguro era que no encuentre casi nada para llevar a la casa.

También se vendían conejos ya listos para cocinar o en pib y cuando no lograban venderlo todo, lo anunciaban en las calles por si alguien le interesaba.

Cruzando la calle y junto al atrio de la iglesia, muy cerca de la puerta de la sacristía, pero en la calle se encontraba el estanquillo “El recreo de las Palomas” de Don Gregorio López (Don Goyito) y de su esposa Doña Dolores Piña Matos, sus hijos José Santos y Gregorio López piña, se vendían: sidra pino, Pepsi cola, Mission Naranja y más tarde la Coca Cola; también rentaban cuentos para leer, preparaba granizados (raspados), chicoleados, mandarinas, naranja dulce (china), baleros de madera, kimbomba y otros.

Cruzando la reja del atrio se encontraba una zapatería de la familia Rivero Castillo y entre uno de sus hijos que estudiaba en la Otilia, el ahora presbítero Armin Rivero Castillo; luego había una tienda donde se vendían telas, propiedad de Don Alfreo Saide y cuando este señor se retiro, se compro el lugar y le llamaron “Boneteria Bony” que vendía botones, cierres, encajes, avios (de toda clase), etc.

Luego seguía una jugueteria que sus propietarios era una pareja de la tercera edad que vivieron donde ahora esta el edificio de la ganadera, vendían famosas muñecas de pasta, boxeadores de madera, juegos de Té de plástico, prendedores de pelo para las niñas y mucho juguetitos. Y por ultimo un tienda de telas y ropa de las hermanas Pérez.

Como todo, por lo general, cambia; aunque pudiera seguir sirviendo siempre, se trata de modernizar, aunque con ese afán se le cambie la figura original a un centro histórico. Poco a poco podemos mencionar algunos ejemplos, como la casa de don Sebastián Alcalá, donde vivió don Felipe Pérez Alcalá, y la casa de don Santiago Imán, de quien más adelante les platicaremos, junto con otros personajes históricos de la ciudad.