El convento de Tizimín 1563–2026, 463° aniversario

viernes 13 febrero, 2026

Con la llegada de Fray Alonso Ponce y Fray Antonio de Ciudad Real en 1588, gracias a sus escritos los visitantes nos describen lo majestuoso y el gran tamaño de nuestro exconvento. Así como nosotros lo vemos, con el paso de los años ha perdido parte de su construcción y los terrenos que le correspondían en sus inicios.

Hasta 1888, el terreno que pertenecía al convento y a la parroquia comenzó a reducirse. En 1857, con las Leyes de Reforma del presidente Juárez, se dio lugar a la separación del Estado y la Iglesia; unos años después, los edificios religiosos fueron separados de la Iglesia. En algunas fotografías antiguas se puede distinguir la segunda planta casi toda derruida, no por la Guerra de Castas, sino porque los sacerdotes fueron expulsados y durante muchos años vivieron en casas particulares, mientras que las autoridades civiles fueron vendiendo gran parte de lo que correspondía a la Iglesia.

En la parte oriente (Parque Juárez) y en la parte norte se encontraba el huerto y en el estacionamiento que antes fue la sala de fiestas llamada “Haranchac” al entrar a este lugar y casi al fondo se pueden ver dos pozos que están a la derecha y que fueron tapiados; en realidad no son pozos, sino el sitio donde existía una noria de la cual los frailes sacaban agua para beber y para regar el huerto.

En 1902 se vendieron los terrenos donde actualmente hay locales comerciales, y don Andrés Romero en 1903 hizo la calle 48 y también abrió la calle 49, llamada el Callejón. Toda la calle 49, más los terrenos que se encuentran en la parte norte del Callejón, también correspondían al convento. Volviendo a la calle 48, fue destruido un corredor con diez arcos que se encontraban donde hoy hay jardines y en la actualidad es sitio de taxis.

Al llegar a la esquina de la calle 48 y 51, para poder dar la vuelta al oeste se derribó una pieza de aproximadamente diez metros de largo para formar la calle 51 x 48 (frente al convento). En 1904 toda la calle del frente del convento se bajó 80 cm, llegando hasta el mercado, para que pudiera quedar más plana.

En lo que ahora es la explanada del frente oeste del convento existió también otro corredor con arquería de piedra labrada y, por dentro, tres puertas de la misma altura con marcos igualmente labrados. Al ser destruido este corredor y su arquería, las piedras se utilizaron para construir casas del primer cuadro de la ciudad. Parte de estas piedras se pueden encontrar en los arriates que están frente al Palacio Municipal, y otras — como algunos marcos labrados del convento y siete piedras de estos— se pueden admirar en el Museo de la Ciudad.

En la parte sur del frente del convento se puede ver hasta hoy que el marco labrado queda corto; en realidad se ve así porque a esta calle se le bajaron 80 cm. A la derecha de la puerta principal existieron dos arcos grandes que en la antigüedad estuvieron cerrados con madera torneada. Los dos arcos fueron tapiados por fuera y por dentro; todavía se nota porque existe un pequeño cubículo del mismo alto y ancho de como se veían estos arcos por fuera.

En el interior, las autoridades de ese entonces dieron en renta el convento, y en la esquina de la 48 x 49 existió una fonda de don Luis Ruiz, su esposa doña Juanita y sus hijos. La esquina del convento donde se ve una ventana, pero que en realidad era una puerta, fue rentada por muchos años al señor Amílcar Escalante (empleado del gobierno).

A la entrada actual del norte, junto a las rejas, existió un arco con puertas y una reja de madera. A finales del siglo XIX, en el espacio donde hoy se estacionan vehículos, fue derruida una habitación de aproximadamente diez metros, y frente a la arquería existió otra.

Al describir este espacio, fray Antonio de Ciudad Real dice en sus escritos que el compás o patio trasero del convento formaba un cuadro.

En 1946 el padre Eutimio Arce, tizimileño, solicitó al gobierno la devolución de este edificio. De 1950 a 1956 recuerdo, desde mi niñez, que casi todo estaba derruido. Recuerdo a una persona muy agradable y muy limpia, porque siempre sus huipiles estaban impecables; ella se encargaba de la cocina, la limpieza y la alimentación de los sacerdotes. Le decían María Convento. También recuerdo a Irma Matú y a una ancianita de quien nunca supe su nombre; por estar muy viejecita y arrugada le decíamos doña Pasita.

Recuerdo también a don Eliseo, que acompañaba con la serafina las misas durante muchos años, y a quien era muy apreciado, don Eusebio (don Usito), aunque un poco bilioso, porque si intentábamos subir al segundo piso del convento o al caracol para subir al techo de la iglesia nos regañaba y correteaba. Por último, recuerdo a don José, el organista, y a Gonzalito, que arreglaba la parroquia (hijo de don Usito). Algunas partes de esta narrativa, son recuerdos de mi niñez, ya que este año cumplo 78 años.